Marina tiene 52 años y una rutina que nadie debería conocer: recorrer oficinas con la foto de su esposo desaparecido y volver a casa con la misma respuesta. Esperar. Cuando conoce a un grupo de mujeres que cargan la misma ausencia, algo cambia. Juntas cosen muñecas del tamaño de un abrazo, marchan con los retratos de los suyos y ensayan una obra de teatro en la que dicen, en voz alta, lo que la ciudad prefiere callar. Pero en su barrio el silencio tiene dueños. Las amenazas llegan hasta su puerta y cada paso hacia el escenario la expone un poco más. Entre el miedo y la memoria, Marina emprende un viaje al Magdalena Medio, la tierra de la que fue desplazada, y debe decidir si sigue esperando o si sale a buscar con lo único que nadie le puede quitar: su voz.